La información, un bien público

Es lícito cuestionar la información pero, ¿lo es censurarla? 

Donald Trump prohibió la entrada de algunos medios de comunicación a la rueda de prensa de la Casa Blanca. La selección argentina de futbol deja de hablar con la prensa. El entrenador del FC Barcelona no cede el turno de palabra a los redactores de ciertos medios. Estos ataques a la prensa son un obús a la libertad de información. Pero también es cierto que no están recibiendo el rechazo frontal y mundial que cabría esperar, porque caen en campo abonado: la falta de credibilidad y prestigio social de los medios de comunicación y los periodistas.

Ya compartíamos la opinión de Josep Cuní sobre la crisis de confianza a la que se enfrentan los medios, donde apuntaba que no es una crisis del oficia, sino de los periodistas y medios de comunicación. Que grandes grupos de comunicación se hayan doblegado a intereses económicos y políticos, que manipulaciones periodísticas hayan quedado impunes y que los ciudadanos hayan sentido a los periodistas más cerca de las élites de poder que los ciudadanos, nos ha colocado en esta situación de debilidad y de poco consumo de nuestro producto.

Y nos hemos pasado al otro lado: ir a buscar al consumidor le pese a quien le pese, cargándonos nuestro oficio sin más reflexión que mantenernos en los ingresos, lectores o audiencias.

Demasiados medios, nuevos y viejos, han sucumbido a los clics con contenido gratis, pero banales y de corto recorrido. De acuerdo, consumimos contenido online, en el móvil, y los jóvenes -y no tan jóvenes- repasamos noticias a través de las redes sociales, a golpe de titular. Pero, ¿estamos seguros que ser digital o joven equivale a no volver a darle valor a la información o no enterarnos de lo que pasa a nuestro alrededor? ¿Cómo decidirán los ciudadanos presentes y futuros qué les conviene y qué no si no están informados? ¿Cómo evitarán los abusos de poder y la corrupción? ¿Cómo cambiarán gobiernos con su voto si no saben qué se juegan en cada opción? ¿Cómo lucharán por sus propios derechos si desconocen quien puede privarlos de ellos? ¿Quien les pondrá el espejo delante de los peligros si no lo hacen los periodistas?

La información es un derecho. Pero para ponerlo en valor, es necesario que los periodistas re-conectemos con los ciudadanos. Haciéndoles saber que trabajamos para ellos, que estamos a su servicio, ofreciéndoles las herramientas -la información- para que tomen sus propias decisiones. Sin información no hay democracia. Sin información, nuestros derechos corren peligro. Y puede que para cuando queramos darnos cuenta, ya sea demasiado tarde.

Tal como cita la economista francesa especializada en medios de comunicación Julia Cagé en una entrevista al diario El País, «Los medios producen información de interés general, que debería ser considerada un bien público y tendríamos que proteger. Igual que nadie se plantea privatizar completamente la educación, no entiendo por qué no sucede lo mismo con la información«.

El periodismo debe ser el garante de la democracia y de los derechos. Los ciudadanos deben ser los garantes del periodismo, y exigir un servicio de calidad como lo hacen con tantos otros servicios. ¿Deberá pagar por ella para ponerla en valor?


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